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lunes, 2 de febrero de 2015

Adama, la embarazada que sobrevivió al ébola

• Con 18 años esta joven perdió a su bebé pero ha logrado superar el virus
• Médicos Sin Fronteras ha abierto en Sierra el primer centro para gestantes
• La tasa de mortalidad entre las embarazadas ronda el 95%; es mayor para el feto
• Las embarazadas son rechazadas por ser muy infecciosas durante el parto




Cuando Adama abre la verja de madera que marca la separación entre los enfermos y el mundo exterior, recibe un tímido y emocionado aplauso.
 
Ha roto las estadísticas. Las que dicen que una mujer embarazada apenas tiene opciones de sobrevivir al ébola.
 
El 8 de enero ingresó en el centro que Médicos Sin Fronteras (MSF) tiene en Kissy, un suburbio de Freetown, la capital de Sierra Leona. A los cinco días perdió...

el bebé, pero hoy está libre del virus y a punto de empezar una nueva vida.
 
La joven, de 18 años, es la paciente número cero del primer centro especializado en atender a mujeres embarazadas contagiadas de ébola o sospechosas de estarlo.
 
Médicos sin Fronteras decidió ponerlo en marcha porque las gestantes son más vulnerables que nunca en el contexto esta epidemia.
 
Muchas no acuden a los centros porque los principales síntomas del ébola -la fiebre y el sangrado- son también comunes durante el embarazo.
 
Y cuando lo hacen, el personal médico es reticente a atenderlas o a permitir que den a luz en sus centros por miedo al contagio. La tasa de mortalidad de las embarazadas es mayor respecto al resto de mujeres.
 
Los pocos estudios que existen indican que fallecen en un 95% de los casos.
 
El pronóstico para el feto es mucho peor porque concentra una mayor carga viral.
 
Se desconoce por qué el virus es más rápido y más letal, pero se cree que es debido al esfuerzo extra para el sistema inmunológico y a la rápida deshidratación.
 
“Me siento bien. Estoy contenta porque me han dado el alta, así que rezo a Dios para que los demás también sean dados de alta”, afirma Adama. Su padre y su marido no sobrevieron a la enfermedad.
 
Su madre, una hermana y un hermano están librando esa batalla.
 
El ébola ha matado ya a 8.810 personas en África Occidental y afectado a 22.092, la mayoría en Guinea, Sierra Leona y Liberia.
 
Hemorragias letales
 
Cuando llegó al centro, la joven estaba muy débil, apenas podía hablar.
 
Sufrió un aborto espontáneo, “como el 90% de las mujeres embarazadas con ébola.
 
El resto suele dar a luz a un bebé muerto o que muere a los pocos días”, explica a RTVE.es Olimpia de la Rosa, responsable médico de la Unidad de Emergencia de MSF.
 
En el caso de que una mujer embarazada dé positivo por ébola, la probabilidad de contagio del feto es del 100% porque el virus es transmitido a través de la sangre por el cordón umbilical.
 
Durante el parto, De la Rosa dice que es fundamental controlar las hemorragias.
 
Por eso se reducen al máximo las episiotomías y los tratamientos con oxitocina.
 
También se evitan las cesáreas.
 
“Los sangrados fuertes son la causa más común de que las mujeres mueran cuando dan a luz o cuando abortan de forma espontánea”, señala.
 
Las mujeres embarazadas son altamente infecciosas durante el parto por lo que los sanitarios necesitan más protección.
 
Ya antes del ébola, Sierra Leona era el país del mundo con mayor tasa de mortalidad materna.
 
Un estudio de la OMS de 2013 cifraba en 1.110 las muertes de mujeres por cada 100.000 partos. En España la proporción es de 4 por cada 100.000.
 
De la Rosa afirma que si las tasas eran "horribles", el ébola sólo puede haberlas empeorado.
 
Ella vio cómo en Freetown las mujeres parían y abortaban sin atención ante el riesgo de contagio, que aumenta en el tratamiento de estas pacientes porque el ébola se transmite a través de los fluidos y, durante un parto normal una mujer pierde entre tres y cinco litros. La solución no es abandonarlas, añade, sino protegerse mejor.
 
Por ello, los profesionales de la organización usan guantes adicionales y se hacen acompañar por más enfermeros para poder vigilarse unos a otros cuando las tratan.
 
Volver a empezar
 
Durante las últimas dos semanas, el centro de MSF ha sido su casa para Adama.
 
El equipo médico se ha volcado con ella. Le llevaban su plato favorito, sopa de pimientos, pese a que estaba fuera del menú.
 
Y charlaban durante horas a través de una red de plástico naranja.
 
Ahora toca abandonarlo y los médicos la miran con ternura. Roberto Wright, su psicólogo, y Javiera Puentes, responsable médica del centro, la esperan al otro lado de la verja. La agarran y la abrazan. Son su primer contacto humano desde que contrajo la enfermedad. Piel con piel.
 
Roberto la coge por la muñeca y alza la mano en señal de victoria. Adama, abrumada, deja la huella de su mano en el muro de los supervivientes.
 
Es la primera mancha azul.
 
 
Adama, tras salir del centro de pacientes con ébola y a punto de comenzar una nueva vida. Fuente: MSF
 
“Estoy contenta por ella pero también un poco nerviosa, porque ahí fuera hay mucho miedo”, afirma una de sus enfermeras, Marisa Litser.
 
“Esto es sólo una parte del viaje. Un paso enorme será volver a casa y todo lo que viene después del ébola”.
 
En realidad, a su casa de momento no puede volver.
 
Está acordonada y en cuarentena porque la familia casi al completo ha contraído el virus.
 
De momento, se quedará con sus tías, consciente de que el estigma es el primer enemigo al que tendrá que hacer frente.
 
Y también al trauma de haber sufrido un aborto y haber perdido a su padre y a su esposo. Pero está decidida a ganar también esta batalla: “Cuando esté mejor quiero ir a la universidad, estudiar contabilidad y trabajar en un banco”.
 
¿Quién se atreve a decirle que no?.

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