lunes, 9 de mayo de 2016

Da gracias a tus michelines por tu cerebro

Los humanos tienen un consumo energético muy superior a otros homínidos y una mayor capacidad para acumular grasa con la que mantener este órgano.

Los gorilas macho gastan más energía que los humanos, pero solo porque son mucho mayores

Los animales suelen adaptarse a unas normas en sus estrategias de supervivencia.

Consumen la energía que obtienen dependiendo de su tamaño, su crecimiento, lo que dedican a la reproducción y a mantenerse con vida. Los ratones son pequeños, pero se reproducen mucho y con los elefantes sucede...

lo contrario. Cada uno tiene sus ventajas. Además, cuando un animal grande se reproduce más rápido de lo que debería, lo paga teniendo una vida más breve porque la energía que encomienda a la reproducción se echa en falta en el mantenimiento. Sin embargo, si comparamos a los humanos con sus parientes más cercanos, chimpancés, gorilas y orangutanes, se observa que somos unos privilegiados. Los Homo sapiens se reproducen más que estos otros homínidos y sus bebés son de mayor tamaño, y, además, viven más y son capaces de mantener un cerebro insaciable que consume hasta el 25% de la energía que necesita un cuerpo.

Esta peculiaridad humana se ha tratado de explicar a través de cambios anatómicos y también culturales. Nuestra locomoción es más eficiente que la de otros primates y nuestro intestino, de menor tamaño, consume menos energía. Además, la introducción de la cocina permite asimilar más calorías a partir de la misma cantidad de comida. Sin embargo, varios estudios han planteado que esas transformaciones no son suficientes para cubrir las necesidades de la máquina humana y otros rasgos culturales de nuestra especie, como las largas caminatas diarias de los cazadores recolectores, dilapidan el ahorro energético. Así que hay que buscar otras explicaciones.

Esta semana, en un estudio liderado por Herman Pontzer, investigador del Hunter College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, que se publica en la revista Nature, un grupo internacional de científicos ha ofrecido una explicación alternativa. Su punto de partida es la tasa metabólica basal (TMB), que es la energía que gasta el organismo en reposo y viene determinada por grandes órganos como el cerebro, el hígado o los intestinos. Para tratar de comprobar si ese ritmo de consumo energético básico era mayor en humanos que entre sus parientes más cercanos, analizaron el gasto total de energía de bonobos, chimpancés, gorilas y orangutanes. Sus resultados indican que consumimos de media 400 kilocalorías diarias más que los bonobos y los chimpancés, 635 más que los gorilas (aunque el mayor consumo era el de machos gorilas de más de 160 kilos) y 820 más que los orangutanes.

El aspecto más interesante de este elevado consumo de energía es que permite mantener un cerebro muy exigente, si se lo compara con el de otros homínidos. Esa máquina de alto consumo ha tenido además algunos efectos secundarios sobre nuestra anatomía. Para asegurar que no se queda sin combustible en caso de escasez, los cuerpos humanos desarrollaron una gran capacidad para acumular grasa. Comparando con chimpancés, los investigadores observaron que los humanos tienen mayores porcentajes de grasa corporal, incluso cuando aquellos viven en cautividad y tienen una vida poco activa. Este sistema permitiría proteger a los sapiens de problemas temporales de suministro. En particular, la acumulación de grasa es un mecanismo más presente en las mujeres, que presentaron un 41,1% de grasa corporal frente al 22,9 % de los hombres. Este porcentaje, mayor en las mujeres que en los hombres por necesidades como la menstruación, la gestación o la lactancia, es más elevado entre los participantes en el estudio que la media normal, que supone alrededor del 31% para las mujeres y 24 % para los hombres, debido a que las voluntarias en este estudio pesaban 80 kilogramos de media.

Ana Mateos, responsable del Grupo de Paleofisiología y Ecología del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, especialista en este tipo de investigación, considera que estos resultados, mostrando las diferencias entre el gasto energético de humanos y otros primates, son importantes. No obstante, señala que para ella el aspecto más importante de esta distinción es la TMB, “lo que un organismo gasta solo por estar encendido, que es el 60% del total”. “Nosotros hemos visto que una persona entrenada, con más masa magra y un esqueleto potente con buenas inserciones, tiene una tasa metabólica basal, un consumo energético básico, muy elevado”, añade.


Estos resultados tienen implicaciones en dos ámbitos. En primer lugar, siguen dando información sobre el camino que llevó a la aparición del ser humano. Pontzer y sus colegas comentan en el artículo que satisfacer las elevadas necesidades energéticas de nuestra especie fue posible debido a un alto grado de cooperación, que incluía compartir comida. Esa capacidad para colaborar, junto a las reservas de grasa para cuando venían mal dadas, permitió a los humanos sobrevivir primero y convertirse después en la más exitosa de las nuevas especies de monos que poblaban África hace más de diez millones de años.

Por último, los autores del estudio sugieren que su trabajo para desentrañar las presiones evolutivas y los mecanismos fisiológicos que han moldeado las distintas estrategias metabólicas de los homínidos puede ayudar a reparar los problemas metabólicos de nuestras sociedades industrializadas, donde la capacidad para acumular grasa que nos salvó en la sabana africana se ha convertido en una amenaza para nuestra salud. “Por ejemplo, los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, no acumulan grasa incluso cuando son muy sedentarios, en lugares como los zoos. Si podemos averiguar cómo lo hacen, podríamos utilizar ese conocimiento para reducir la acumulación de grasa en humanos”, concluye.

Daniel Mediavilla

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