viernes, 2 de septiembre de 2016

¿Por qué seguimos votando a los mismos? Así es la neurociencia del voto


A pesar de las campañas y los escándalos de corrupción, los partidos mantienen sus porcentajes de voto y, en algún caso, los aumentan.

Un hombre espera su turno para votar, en las pasadas elecciones celebradas en España.

Ahora que vivimos tiempos interesantes en España (siguiendo la maldición china) es bueno preguntarnos si hemos tomado las decisiones correctas y plantearnos si el sistema que seguimos para tomarlas es el más adecuado o no.

Una de las lecciones que hemos aprendido es que, a pesar de las campañas, a pesar de los escándalos de corrupción, los partidos mantienen sus porcentajes de voto y, en algún caso, los aumentan. ¿Cuál es la causa de esa persistencia en nuestra decisión por unos u otros partidos?



Los estudios recientes en neurociencia confirman que estamos decididos a mantener nuestras opiniones ante los hechos que las ponen en duda, preferimos nuestros preconceptos y esto nos da satisfacción y seguridad. Ignoramos lo que nos dicen otras partes del cerebro y preferimos la seguridad cuando las decisiones son tan complejas; nuestras emociones están por encima de las razones. Y la recomendación de los expertos es reunir toda la información posible, pero tomarnos nuestro tiempo para madurarla y decidir sin hacer tanto caso a nuestra parte racional.

A principios del siglo XX surgió en Alemania el movimiento de la psicología de la Gestalt, de la mano de investigadores como Max Wertheimer, Wolfgang Köhler, Kurt Koffka y Kurt Lewin. Esta teoría trata de desarrollar las leyes que explican como somos capaces de adquirir percepciones en un mundo tan caótico. Uno de sus motos es que “el todo siempre es mayor que la suma de las partes”. Se habla también de la Gestalt como de la “mente colectiva”. En un sistema democrático como el nuestro, ¿debería mantenerse lo de “un hombre-un voto” si fuéramos capaces de conseguir esta mente colectiva?

La ciencia-ficción ha ido mucho más lejos, y ha construido mundos en donde nuestras mentes estarían conectadas por telepatía. Obras como Slan (1940), de A. E. van Vogt, en la que razas evolucionadas de telépatas son perseguidas, o El hombre demolido (1952), de Alfred Bester, donde los nuevos hombres telépatas tratan de prevenir el crimen, muestran las bondades y perversiones de estas sociedades. Si fuera posible una mente colectiva (pensemos en los insectos sociales como las hormigas y las abejas), ¿sería nuestra sociedad más estable, parecida a la de los insectores que Orson Scott Card describe en El juego de Ender? Es muy probable que fuese mucho más aburrida.

Los atenienses tienen el honor de ser considerados los fundadores de la democracia, que floreció en tiempos de Pericles, aunque no todo el mundo podía votar. Un aspecto positivo es que no votaban aquellos que tenían deudas públicas (¿a qué esperamos para implantarlo en España?), y que muchos de los cargos eran adjudicados por sorteo. También se practicaba el ostracismo, y se escribía en trozos de cerámica que recordaban una ostra el nombre del candidato a ser desterrado; pero se han descubierto trozos en los que una misma mano escribía el nombre, con lo que las trampas eran frecuentes.

En conclusión, queremos seguir a Sir Winston Churchill cuando afirmó que "la democracia es el menos malo de los sistemas políticos." Eso sí, debemos mantenernos vigilantes para que nadie use los nuevos descubrimientos de la neurociencia con fines espurios.

Manuel de León (Instituto de Ciencias Matemáticas) y Luis M. Martínez (Instituto de Neurociencias) son investigadores del CSIC. Ambos son también codirectores de los CorBI International Courses, un programa de formación de excelencia en biomedicina. En su primera edición reunió a jóvenes investigadores y científicos de primera línea internacional en A Coruña, del 26 de julio al 5 de agosto de 2016.

Manuel de León y Luis M. Marínez.

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