viernes, 7 de julio de 2017

El parricida de Pontevedra, el primer condenado en España a prisión permanente por degollar a sus hijas

Por unanimidad, el jurado halló culpable a David Oubel de asesinar con alevosía a las pequeñas de 4 y 9 años con una sierra eléctrica.

El parricida David Oubel en la Audiencia Nacional de Pontevedra. EFE-Quality

David Oubel, un empresario inmobiliario de 42 años, pasará probablemente otros tantos entre rejas después de que un tribunal de la Audiencia de Pontevedra le haya condenado este jueves a la pena de prisión permanente revisable, cadena perpetua, por el asesinato con alevosía de sus dos hijas menores de edad, a las que degolló con una sierra eléctrica y un cuchillo de cocina.

La condena es el máximo castigo impuesto hasta ahora en España desde que fuese incorporado al Código Penal un mes antes de que se produjeran los brutales crímenes, el 31 de julio de 2015, en la localidad pontevedresa de Moraña. En todo caso, el juicio contra el parricida termina sin que se haya desvelado el móvil.

Tras una deliberación de dos horas, el jurado popular emitió su veredicto de culpabilidad en la tercera jornada del juicio, lo que era previsible después de que el acusado confesara abiertamente los hechos sin cuestionar el escrito del Ministerio Fiscal ni de la acusación particular. Tampoco él ni su abogado rebatieron los informes psiquiátricos que descartaron que David Oubel sufriese algún trastorno temporal en el momento de cometer los crímenes, sino que actuó con premeditación y consciente de lo que hacía.

Después, la presidenta del tribunal de la sección cuarta de la Audiencia dio lectura a la sentencia que condenó a David Oubel por dos delitos de asesinato con alevosía, agravados por tratarse de menores de 16 años y por el hecho de que fuese su propio padre, además de fijar el pago de una indemnización a la madre de 300.000 euros.

El fallo, que ya es firme al haber renunciado las partes a recurrir, también suscribe la medida cautelar de alejamiento solicitada por las acusaciones que prohíbe al parricida a aproximarse a su exmujer, tanto a su domicilio como a su lugar de trabajo, por un período de 30 años, fecha en la que se prevé una revisión de la sentencia.

El fiscal, Alejandro Pazos, resaltó en sus conclusiones definitivas que con el reconocimiento de plena culpabilidad por parte de David Oubel ya no quedó duda de la imputabilidad y culpabilidad del acusado. “Los psiquiatras lo han valorado en profundidad y no tenía ningún tipo de afectación sino plena capacidad para tomar decisiones y entender el significado de sus actos", subrayó.

Compró la sierra dos días antes

Después de escuchar a forenses y testigos, el fiscal no planteó dudas sobre el relato de los hechos que presentó en su escrito de acusación, sino todo lo contrario. Según este, el padre compró dos días antes la sierra eléctrica que empleó para cometer los asesinatos de sus hijas de 4 y 9 años. Les dio varios fármacos como nordiazepam, oxacepam y tizanidina para adormecerlas, o al menos lograr que estuviesen con un nivel bajo de conciencia, pero no lo consiguió, al menos con la mayor, cuyo autopsia presentaba evidentes signos de lucha: intentó escapar y quitarse la cinta americana con la que le sujetó las manos. En ambos casos empleó también un cuchillo de cocina.

El parricida, que se mantuvo en silencio durante los dos años de instrucción del caso, confesó los hechos ante el tribunal y manifestó su arrepentimiento por ello. Con actitud fría y distante, Oubel se limitó a decir: “Hay situaciones que viven las personas que a veces son límites y se toman decisiones de las que desconozco el motivo y que hoy me arrepiento y pido perdón por ello”, pero sin aclarar por qué mató a sus hijas.

Los psicólogos que evaluaron a David Oubel le han definido en el juicio como una persona narcisista y con una autoestima muy elevada, que cuando actuó no presentaba ninguna anomalía o patología grave, trastorno de la personalidad ni amnesia temporal, aunque sí apreciaron en él conductas desadaptativas.

En todo caso descartaron el rango de los delitos impulsivos o completamente descontrolados al demostrarse que hubo premeditación al comprar el propio acusado el arma de los crímenes y enviar una carta a un familiar en la que indirectamente le ponía en alerta del trágico final de las niñas.

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